La expectativa de venta no es valor de cambio concreto
Una respuesta rápida a Polavieja (próximamente una respuesta detallada en la web del Instituto Juan de Mariana)

La contrarréplica de Polavieja, publicada con el título Crítica a la tesis de bitcoin como dinero fuerte II, confirma a mi juicio el problema conceptual señalado en mi respuesta anterior. No tengo intención de convertir esta discusión en una cadena interminable de réplicas y contrarréplicas. Por mi parte, la daré por cerrada con esta respuesta rápida y con la correspondiente réplica detallada que publicaré próximamente en la web del Instituto Juan de Mariana. El asunto central ya está suficientemente delimitado. Polavieja insiste en que mi interpretación del valor de cambio en Menger es errónea porque, según él, basta con que el poseedor de un bien estime que otro sujeto puede valorarlo para que ese bien tenga valor de cambio. A mi juicio, ahí sigue estando precisamente el problema.

Polavieja cree que yo niego la importancia de la expectativa. No es así. Toda acción se proyecta hacia el futuro y toda valoración se realiza ex ante. El empresario actúa bajo incertidumbre. El vendedor anticipa. El comprador imagina. El mercado no es un mecanismo de certezas, sino un proceso de descubrimiento. Nada de esto está en discusión.

Lo que está en discusión es si toda expectativa de venta, por razonable que parezca, constituye ya valor de cambio concreto. Y la respuesta es no.

Una cosa es estimar que otro sujeto podría atribuir valor de uso a un bien. Otra cosa es esperar venderlo. Y otra muy distinta es poder atribuirle un valor de cambio concreto, esto es, estimar qué bienes podrán obtenerse mediante su intercambio y qué necesidades podrán satisfacerse indirectamente gracias a él. Polavieja pasa constantemente de la primera idea a la tercera sin justificar el salto.

Su ejemplo del agua lo muestra con claridad. Puedo saber que otro ser humano necesita beber. Puedo incluso estimar que, si no dispone de agua, valorará la mía. Pero de ahí no se deduce todavía qué podré obtener a cambio de ella. ¿Pan? ¿Dinero? ¿Una herramienta? ¿Cuánto pan? ¿Cuánto dinero? ¿En qué condiciones? Saber que otro puede necesitar agua permite anticipar un posible valor de uso ajeno. No basta por sí solo para determinar un valor de cambio concreto.

Polavieja responde que no hace falta certeza absoluta. Estoy de acuerdo. Pero mi argumento nunca ha exigido certeza absoluta. Lo que exige es una base suficiente para que el actor pueda estimar subjetivamente el poder de intercambio del bien. Los intercambios previos, los precios, las demandas ya manifestadas o las oportunidades reales de intercambio no objetivizan el valor; proporcionan la base sobre la que el actor puede formar una estimación subjetiva no arbitraria.

La diferencia es importante. Si bastara con imaginar que otro podría valorar un bien, cualquier objeto tendría valor de cambio desde el momento en que alguien decidiera conservarlo para intentar venderlo. Bastaría una expectativa, una intuición, una suposición o una esperanza. Pero entonces el concepto de valor de cambio quedaría vaciado. Ya no designaría la importancia que adquiere un bien por permitirnos obtener otros bienes mediante intercambio, sino la mera orientación subjetiva hacia una posible venta futura.

Polavieja intenta reforzar su tesis recurriendo a la urgencia del vendedor. Según su planteamiento, cuanto más dependa el vendedor de intercambiar un bien para satisfacer una necesidad urgente, mayor será el valor de cambio que atribuye a ese bien. Pero esto confunde dos cosas distintas. Lo que aumenta en ese caso es la importancia subjetiva de la necesidad que el vendedor desea satisfacer. No aumenta por ello la capacidad estimable del bien para obtener otros bienes.

Si tengo hambre y poseo un objeto invendible, mi necesidad puede ser extrema, pero esa urgencia no convierte el objeto en un bien con valor de cambio concreto. La desesperación del vendedor no crea capacidad de intercambio. Puede hacerlo más dispuesto a aceptar casi cualquier cosa. Puede modificar su estrategia, su margen de negociación o su disposición a desprenderse del bien. Pero no convierte por sí sola una expectativa en una relación de intercambio estimable.

Tampoco la empresarialidad queda afectada por mi argumento. Un empresario puede crear una mercancía nueva, anticipar demanda, ponerla a la venta y acertar brillantemente. Pero antes de que exista una relación de intercambio efectiva, actúa sobre una expectativa empresarial. Esa expectativa puede estar muy bien fundada; puede incluso revelar un gran talento empresarial. Pero no es todavía un valor de cambio concreto formado en el mercado.

Polavieja afirma que negar valor de cambio a un bien producido para ser vendido resulta inaudito. A mí me parece mucho más problemático afirmar que basta producir algo para la venta para que ese algo tenga ya valor de cambio concreto. La intención de vender no crea por sí sola la capacidad de intercambio. El precio pretendido por el vendedor no es todavía precio de mercado. La oferta no es todavía intercambio. La expectativa no es todavía descubrimiento efectivo.

Por eso el primer intercambio no queda imposibilitado. Puede producirse por valoraciones de uso, por curiosidad, por error, por experimentación, por motivación ideológica, por expectativa empresarial o por cualquier otro motivo subjetivo. Ese primer intercambio no presupone un valor de cambio concreto ya formado; contribuye precisamente a descubrirlo y a formarlo. No hay regresión infinita. Hay un proceso lógico. Primero una valoración que no presupone todavía poder adquisitivo; después, en su caso, intercambio; y solo entonces una base efectiva para estimar valor de cambio concreto.

Polavieja introduce además una oposición entre Menger y Mises que no resuelve el problema. Evidentemente, no debe confundirse el valor subjetivo de cambio con una cantidad objetiva de bienes obtenida en el intercambio. Pero de ahí no se sigue que el poder adquisitivo sea irrelevante para la valoración de un medio de intercambio. En el caso del dinero, precisamente, la utilidad específica del bien consiste en su capacidad de obtener otros bienes. Por eso el problema monetario es más exigente que el de una mercancía ordinaria.

Una radio nueva puede demandarse por la utilidad directa que el comprador espera obtener de ella. Un medio de intercambio, en cambio, solo puede demandarse monetariamente si se le supone algún poder adquisitivo. Esa es la razón por la que el teorema de la regresión no pretende explicar el origen del valor de todos los bienes, sino solo el origen del valor específico de los medios de intercambio y los determinantes de su poder adquisitivo, y todo ello sin incurrir en circularidad.

Bitcoin encaja en esta explicación. Inicialmente no podía ser demandado por su utilidad monetaria, porque todavía carecía de poder adquisitivo. Podía ser valorado, minado o conservado por motivos no monetarios: interés técnico, experimentación, motivación ideológica, curiosidad, expectativa de aceptación futura o especulación. Si esas valoraciones dieron lugar a intercambios efectivos y precios de mercado, entonces proporcionaron la base desde la que pudo formarse posteriormente su poder adquisitivo. Eso no refuta el teorema de la regresión. Todo lo contrario, lo confirma.

En definitiva, Polavieja no refuta mi distinción. La elude. Sigue tratando como equivalentes tres cosas distintas: que otro pueda valorar un bien, que yo espere venderlo y que pueda atribuirle un valor de cambio concreto. Pero no son equivalentes.

El valor de cambio concreto no es una cantidad objetiva de bienes ya obtenida. Tampoco es una certeza absoluta sobre el futuro. Pero sí exige algo más que una expectativa abstracta de venta. Exige una base que permita estimar subjetivamente qué puede obtenerse mediante intercambio. Sin esa base, hay esperanza, conjetura, expectativa o apuesta empresarial. Puede incluso dar lugar a una acción perfectamente comprensible. Pero no hay todavía valor de cambio concreto.

Esa es mi tesis. Y sigue en pie.


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