¿La utilidad es consecuencia de la escasez? Una respuesta a Gustavo Martínez sobre Bitcoin

«La utilidad es consecuencia de la escasez». La afirmación se ha utilizado estos días para explicar tanto el valor como la utilidad del oro y de Bitcoin. Pero, desde una perspectiva austriaca, el orden lógico es bastante más complicado. Y, sobre todo, la escasez no crea utilidad.

Conviene empezar aclarando los términos. Una cosa puede ser extraordinariamente rara y no tener ningún valor. La rareza física no basta. Para que algo entre en el ámbito de la acción humana tiene que existir primero un individuo que persiga un fin y que considere esa cosa apta para tratar de alcanzarlo.

Mises lo plantea precisamente en estos términos. En el mundo existen cosas; es la acción humana la que las convierte en medios. El individuo percibe que una determinada cosa puede servirle para alcanzar un fin y actúa en consecuencia. Y únicamente cuando esos medios son limitados respecto de los usos que se pretende hacer de ellos aparece la necesidad de economizarlos. Por eso Mises sostiene que los medios, en sentido praxeológico, son necesariamente escasos. Si una cosa estuviera disponible en una cantidad tan abundante que pudiera utilizarse para todos los fines deseados sin necesidad de elegir entre usos alternativos, no habría que economizarla y, por tanto, no sería objeto de acción. Sería simplemente una condición general del entorno, como ocurre normalmente con el aire que respiramos.

Esto no significa que el aire carezca de utilidad en el sentido corriente del término. Evidentemente resulta imprescindible para vivir. Significa que, en condiciones normales de superabundancia, no le atribuimos utilidad en sentido praxeológico porque no necesitamos economizarlo ni actuar para obtenerlo. La distinción es importante. Una cosa es la capacidad física o técnica de producir un efecto y otra su consideración como medio dentro de una acción concreta.

Por tanto, la escasez económica no puede explicar por sí sola la utilidad, porque el propio concepto de escasez económica presupone ya una relación entre una cantidad disponible y unos fines humanos para cuya satisfacción esa cantidad resulta relevante.

Una piedra de la que solo existe un ejemplar en todo el universo sería extraordinariamente rara. Pero si nadie la considera apta para satisfacer directa o indirectamente algún fin, su rareza no la convierte por arte de magia en útil ni en valiosa.

Esto no significa que la escasez sea irrelevante para el valor. Todo lo contrario. La cantidad disponible de un bien condiciona qué necesidades pueden satisfacerse con sus distintas unidades y, por tanto, influye en su utilidad marginal. Cuanto mayor sea la cantidad disponible, podrán atenderse fines progresivamente menos valorados. Cuanto menor sea la cantidad disponible, la pérdida de una unidad obligará a renunciar a un fin situado más arriba en nuestra escala de preferencias. La escasez, por tanto, afecta a la utilidad marginal y a la valoración de las unidades disponibles. Lo que no hace es crear la utilidad praxeológica del bien. Para que algo pueda ser economizado, el individuo debe considerarlo apto para servir a alguno de sus fines.

Menger definía el valor como la importancia que adquieren para nosotros determinadas cantidades de bienes porque somos conscientes de que la satisfacción de nuestras necesidades depende de disponer de ellas. El valor no está en el objeto. Tampoco está en su escasez. Surge de la relación entre el individuo, sus fines y la disponibilidad de los medios que considera aptos para alcanzarlos.

Aquí aparece además una pequeña paradoja terminológica. Si por «escasez» entendemos simplemente rareza física, la escasez no implica valor, puesto que hay innumerables cosas rarísimas que carecen de él. Pero si por «escasez» entendemos «escasez económica», entonces ya hemos introducido la relación entre el bien y los fines humanos que permite hablar de utilidad y de economización. Los individuos consideran ese bien útil para determinados fines, pero la cantidad disponible no basta para atender todos los usos que desean darle.

La cuestión, por tanto, no es establecer una cadena mecánica entre escasez, utilidad y valor, sino entender cómo se relacionan estos conceptos dentro de la acción humana. La escasez, por sí sola, no crea utilidad ni valor. Solo adquiere significado económico cuando se refiere a medios que los individuos consideran aptos para alcanzar sus fines.

El punto de partida es, por tanto, la acción humana. Hay fines que el individuo valora, cosas que considera aptas para contribuir a alcanzar dichos fines y cantidades disponibles que le obligan a elegir entre usos alternativos. Es en ese entramado subjetivo de fines, medios y elecciones donde aparecen la utilidad, la escasez económica y el valor.

Esto resulta especialmente claro aplicado a Bitcoin. La utilidad de Bitcoin no es «consecuencia de su escasez». Su oferta limitada es una de las propiedades que los individuos pueden considerar útiles para determinados fines. Quien desea conservar poder adquisitivo en un activo cuya oferta no pueda incrementarse discrecionalmente puede valorar precisamente esa característica. Pero también puede valorar su transferibilidad, divisibilidad, verificabilidad, autocustodia, resistencia a la censura o la posibilidad de transmitirlo sin necesidad de pedir permiso.

Bitcoin no se considera valioso simplemente porque sea escaso. La escasez, aislada de la acción humana, no crea valor. Lo que ocurre es que determinadas propiedades de Bitcoin —entre ellas, una oferta que no puede alterarse discrecionalmente por una autoridad política o bancaria— pueden hacerlo útil para quienes buscan protegerse frente a la expansión monetaria y crediticia, disponer de sus fondos y transmitirlos sin permiso, conservar riqueza en un activo difícil de manipular o utilizar un medio de intercambio resistente a la censura.

De hecho, Bitcoin ofrece un ejemplo especialmente interesante: antes incluso de que existiera un precio de mercado, sus primeros usuarios ya podían encontrar utilidad en él —intelectual, tecnológica, política o vinculada a sus expectativas—, aunque todavía no pudiera atribuírsele valor de cambio.

Es precisamente porque las características de Bitcoin sirven a fines que los individuos valoran por lo que su escasez adquiere importancia económica. No es la escasez la que crea la utilidad; es la utilidad atribuida a un bien, dentro de un contexto de medios limitados y fines alternativos, la que permite comprender por qué su escasez es importante.

Por eso el límite de 21 millones no es una fórmula mágica de creación de valor. Es una regla monetaria que puede ser extraordinariamente valiosa para quienes consideran útil un medio de intercambio cuya oferta no pueda alterarse discrecionalmente. Y ahí reside una parte esencial de la idea de dinero fuerte. No en que lo escaso sea valioso por definición, sino en que un bien útil para determinados fines monetarios tenga una oferta resistente a la manipulación.

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A raíz de esta entrada, recibo una respuesta en X que merece una aclaración:


El dualismo metodológico es, efectivamente, fundamental para entender la economía austriaca, pero el gráfico introduce una confusión importante acerca del valor.

En praxeología partimos de la acción humana. El individuo experimenta una insatisfacción, imagina un estado de cosas preferible y actúa tratando de alcanzarlo. Los fines son valorados; las cosas que el individuo considera capaces de contribuir a esos fines se convierten para él en medios y, por ello, les otorga utilidad.

El mundo físico importa, naturalmente. Un objeto tiene propiedades objetivas que pueden hacerlo apto o no para determinados usos. Pero esas propiedades no contienen una parte del valor. El valor no surge de una especie de intersección entre «lo físico» y «lo mental». Surge de la importancia que el individuo atribuye a un medio porque considera que disponer de él contribuye a alcanzar un fin valorado. La realidad aporta propiedades; la acción humana las interpreta como medios.

Por eso tampoco creo que sea necesario que el objeto esté físicamente «realizado» para que pueda existir valoración. Podemos valorar bienes futuros, proyectos aún inexistentes o medios que esperamos poder utilizar. Lo decisivo es que el actor los conciba como capaces de contribuir a sus fines.

Bitcoin lo muestra muy bien. El límite de 21 millones, la divisibilidad, la verificabilidad o la resistencia a la censura son propiedades del sistema. Pero ninguna de ellas contiene valor por sí misma. Adquieren relevancia dentro de la acción humana cuando alguien las considera útiles para protegerse frente a la expansión monetaria, disponer de sus fondos sin permiso, intercambiar o alcanzar cualquier otro fin. De hecho, esas mismas propiedades pueden resultar indiferentes —o incluso inconvenientes— para quien no persigue esos fines o no las considera adecuadas para alcanzarlos. El objeto es el mismo; lo que cambia es la valoración del sujeto.

Ese es precisamente el sentido del subjetivismo austriaco: no negamos la realidad objetiva ni las propiedades de las cosas. Negamos que de ellas pueda deducirse directamente el valor. Entre la cosa y el valor está siempre el sujeto que actúa, sus fines y su apreciación de los medios.

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